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Una partida más

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Diagnóstico billarístico

Una partida más

Este post se basa en la historia de Robert, un jugador español que visitaba Londres allá por el 2014. Robert era un buen jugador y apasionado del pool. Un tipo simpático y amigable, pero también un ávido y experimentado apostador. Llegó a Londres por primera vez en su vida, con muchas ganas de encontrar partidas con buenos jugadores, partidas que le ayudaran a tener otra visión sobre el Pool. Después de llevar algunos días viendo acción por las salas de Londres, pero sin haber participado aún en ninguna, aquella noche parecía que las cosas iban a cambiar…

Eran las tantas de la madrugada cuando entró por la puerta de la impresionante sala de Billar “Hurricane” de King’s Cross, que en aquella época estaba abierta las 24h. Robert, se sentó a ver una partida donde estaba Max, uno de los mejores jugadores de la ciudad.

Max era un tipo tremendamente extrovertido, el típico gracioso a quien le encanta ser el centro de atención. De una cara muy expresiva y con un enorme repertorio de gestos, desprendía picardía en cada uno de sus comentarios. En la mesa de billar, le encantaba alardear de su destreza, exhibiendo todos sus malabarismos. Todo ello con una dosis de desfase como un roquero en el escenario. Una auténtica joya, de aquellas que si invitaras a casa el día de Navidad, tus padres te desheredarían sin darte explicación.

Max ganó la partida que estaba jugando por 100 libras cuando reconoció a Robert de haber coincidido en algún campeonato por España. Fue directo hacia él y, sin siquiera un “hola”, le inquirió:

Max: ¡Ey tú! ¿Quieres jugar?
Robert: ¿Qué partido propones?
Max: El mismo que con el chico anterior: a Bola 10. Te doy 3 partidas de ventaja para llegar a 9 por 100 libras.
Robert: Acepto. Pongamos el dinero encima de la lámpara.

Lanzaron una moneda y comenzó el primer saque para Max. Robert ganó las dos primeras partidas, sumado a la ventaja que le había regalado Max. El marcador reflejaba un ridículo 5-0.

En la sexta partida ocurrió algo extraño. Robert metió la bola 1 y dejó la bola blanca en una posición hacia una 2 fácil que él no había visto en la mesa, pues estaba intentando emplazar a la 3, que se había dejado tapada.

Robert montó su taco de salto mientras Max no lo entendía, pues tenía la 2 totalmente recta y despejada a la tronera de la esquina. Robert estaba intentando realizar un salto realmente difícil a la bola 3 y Max, cuando se dio cuenta de que Robert estaba tirando a la bola equivocada, haciéndose el despistado, se alejó unos metros para poner TNT de AC/DC en la máquina de discos del local.

El tiro de salto de Robert a la 3 salió sorprendentemente bien y Max, con un marcador muy adverso, en lugar de pitarle falta, le dejó continuar:  tenía otras intenciones más ambiciosas en su mente, más allá de coger bola en mano…

Robert prosiguió instintivamente a tirar a la bola de color azul (la 2) sin caer en la cuenta de que había cambiado el orden. La bola 2 ahora ya no estaba en posición de ser entronerada y Robert tuvo que intentar una defensa que le salió a medias. Justo en ese instante después del tiro defensivo a la 2, Max se acercó a la mesa y le dijo a Robert:

Max: Ey amigo, has perdido la partida.
Robert: ¿Por qué?
Max: Te has equivocado de bola al tirar y luego, en lugar de darme la falta, has seguido tirando.
Robert: Cuando yo estoy tirando tú eres el árbitro y me tendrías que haber pitado la falta al momento, sin dejarme seguir mi entrada. Más que perder la partida, en todo caso, será falta.  
Max: Ok, pero entonces es bola en mano y llevas dos faltas seguidas; si haces una tercera habrás perdido la partida.

Robert, que gozaba de un marcador muy favorable (5-0), y para no discutir más, aceptó.

La partida no estaba muy complicada de terminar, pero teniendo en cuenta que las troneras de esa mesa eran realmente muy reducidas, Max decidió buscarle la tercera falta haciéndole una gran defensa.

Robert, hizo el único tiro posible para salir de esa magnífica defensa: un tiro de massé que concluyó en rozar la bola 2 y salvar esa emboscada.

A Max se le notaba ya algo desquiciado: no solo falló la bola 2 que tenía disponible para intentar ganar la partida, sino que también metió la blanca dándole bola en mano a Robert. Eso suponía con toda probabilidad que el marcador avanzaría 6-0 en una carrera a 9.

Max, malhumorado, cogió rápidamente las 200 libras de la lámpara, tirando con un grotesco gesto las 100 libras de Robert encima de la mesa y guardándose las suyas en el bolsillo le dijo:

Max: Eres un tramposo, no quiero seguir jugando contigo.
Robert: Escucha colega, me ha salido barato conocerte. Ya veo de lo que eres capaz por 100 libras. Además estamos en tu ciudad, tu sala, tu mesa y siento la mirada de tus amiguitos en mi cogote. Pero, ¡amigo! voy a anotar esto en mi memoria: a cualquier parte que vaya contaré la verdad, que cuando jugué contigo y te estaba dando una paliza te retiraste de la apuesta. Vas de profesional y tienes una colocación de blanca desastrosa, ¡sigue así!  
Max: Si soy tan malo, ¿por qué no juegas conmigo sin ventaja?
Robert: Pues claro. De hecho yo no te la he pedido, ¡tú fuiste quien me la ofreció! Pero si quieres jugar la revancha, antes tendrás que pagarme las 100 libras de la partida que te has retirado. amigo mío.
Max: No te equivoques, ¡no somos amigos!
Robert: Tampoco eres un profesional, así que, ¿qué más da decir alguna tontería más en esta conversación?    
Max: Te propongo algo, yo te pago las 100 libras que te debo con la condición que juguemos por 300 libras sin ventaja.
Robert: Ya son más de las 5 de la madrugada, ¿a cuantas partidas quieres que juguemos por las 300 libras?
Max: Carrera a 3 ganadas.
Robert: Veo que eres muy valiente, mejor juguémoslo a una sola partida.

Max, señalando con el dedo a Robert, le dijo -¡Jajajajajajajaja! ¡Me gustas! Empecemos.

La moneda decidió que el saque era para Max. Rompió las bolas del triángulo con un duro y descontrolado golpe que provocó que no entrase ninguna bola.

Robert, concentrado, entró en mesa con el propósito de terminar la partida colocando la bola blanca lo más cerca posible de la bola objetiva en cada tiro pues eran troneras muy estrechas (una técnica muy utilizada por los mejores apostadores filipinos).

Metió todas las bolas de la 1 a la 9. La bola 10 estaba pegada en la banda larga a la altura del segundo diamante, y la bola blanca, aunque estaba a una distancia media, se quedó muy angulada.

Robert, observando la bola, visualizó el tiro durante unos segundos. Puso tiza y ejecutó el tiro que le daría la victoria. Robert recogió el dinero de la lámpara haciendo un suave gesto mientras miraba fijamente la cara enrojecida de Max, esperando algún ladrido más de su parte. El cuál preguntó:

Max: ¿Te atreves a jugar otra?
Robert: ¿Tienes hora?
Max: Son las 5:30AM.
Robert: Vaya, acabo de cerrar para vaciladas. Además, tengo un problema: o me acuesto temprano o me levanto amable, ya sabes, no puedo con todo.
 

Como dijo Groucho Marx: “Él puede parecer un idiota y actuar como un idiota, pero no te dejes engañar, es realmente un idiota”.

 

Martin Blue

 

*Para salvaguardar la confidencialidad de los protagonistas reales de esta historia se han cambiado los nombres de los personajes. 

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