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Meritocracia: 2ª (y última) parte

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Diagnóstico billarístico

Meritocracia: 2ª (y última) parte

Tras ver las opiniones sobre mi último post del blog me quedé pensando para analizar si es que quizás soy yo quien está completamente equivocado sobre los tacos de salto… Más concretamente, fueron cuatro comentarios con cierto sarcasmo los que me hicieron reflexionar. Y, haciendo autocrítica, me di cuenta de algo: si tengo cuatro opiniones significa que, como mínimo, cuatro personas han leído mi historia. ¡Vaya subidón! ¡Por fin he conseguido ser un escritor famoso! Y, como tal, me debo a mis lectores. Y fue así como elaboré un plan para hacer algo al respecto, en defensa de mis fans. 

El taco de la discordia

Hace unos días me compré un taco de salto por internet y me llegó a casa en 24 horas. Después busqué un listado de salas de billar lo más cerca posible de mi casa. Mi misión era clara: ir a salas de snooker y carambolas para invitarles a abrazar la tecnología regalándoles un taco de salto.

Me puse mi mejor sombrero por si me pedían algún selfie, sin olvidarme de llevar a mano un bolígrafo por si tenía que firmar algún autógrafo. Para ser honesto me visualizaba a mí mismo empáticamente entrando en la sala de snooker y carambolas con una luz cegadora a mis espaldas, como un descubridor que les enseñaría los milagros de la tecnología.

Mis intenciones eran muy claras: en primer lugar presentarme: “Hola, soy Martin Blue, un escritor famoso con cuatro seguidores no familiares”. Y en segundo lugar hacerles una demostración del taco de salto con el eslogan: “Hasta un niño puede hacerlo”.   

Pero las cosas no salieron como yo pensaba… En la sala de snooker me echaron a patadas diciéndome que ese taco era un insulto a su cultura. En la sala de carambolas, los abuelos pensaron inicialmente que era un taco para alguno de sus nietos de 7 años. Pero cuando se dieron cuenta de que era un taco de salto, uno de los abuelos me lanzó a la cabeza un Nokia 5110 mientras todos se reían viéndome salir corriendo del lugar.

Me encontraba confundido y con el cuerpo dolorido, así que decidí encontrar la respuesta definitiva. Quedé con un chamán que por 50€ aseguraba ayudarme a encontrar el Santo Grial de las respuestas. Me presenté a la cita puntual, llamé al timbre y me abrió la puerta un tío que debía tener como cien años, con una túnica de colores. La cosa prometía.

Con sus gestos me invitó a sentarme en su patio trasero donde había una hoguera encendida. Me pidió que le explicara lo que me había llevado hasta ahí y así lo hice. Incluso llevé el taco de salto para enseñárselo: al fin y al cabo él había sido el culpable de toda esta situación. El chamán se encendió un cigarro algo sospechoso, me invitó a una calada y me dijo:

– Mira a la hoguera fijamente.

El chamán comenzó a quemar el taco de salto en la hoguera y de repente noté que alguien me estaba susurrando al oído: “Compra, coooompra, cooompra….”

Vale, ya lo entiendo. Esto de los tacos de salto es un negocio que por alguna extraña razón solo ha colado con los jugadores de pool. Pero aún quiero saber por qué motivo la gente se enfada tanto si opinas sobre los tacos de salto. Así que le pedí al chamán que invocase al espíritu del Señor Marx para preguntárselo.

La respuesta que me dio el mismísimo Groucho Marx fue: “¡Mi querido amigo! Como bien sabes, los tacos de salto son más cortos que los tacos normales. Hay cosas de las que es mejor no hablar, ¡porque el tamaño no importa!”

 

Martin Blue

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